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martes, 16 de octubre de 2007

El Cuento del Día: Me van a tener que disculpar

Mientras Argentina termina con el trámite de ganarle a Venezuela, y mientras me sigo debatiendo entre levantar la sección o esperar a que los lectores vuelvan a mandar sus cuentos, aquí les dejo un relato de Eduardo Sacheri, un gran cuentista argentino. Se llama "Me van a tener que disculpar", está dedicado a un tal Diego y fue la historia que me hizo enamorarme de la obra de Sacheri.
Disfrútenla.
Me van a tener que disculpar

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.
Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el sólo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.
Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota. Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.
No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.
No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.
El no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.
Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para enzalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos, los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores. Nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además, con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.
Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso, y digo alguna sandez al estilo de «y, no sé, habría que pensarlo»; o tal vez arriesgo un «vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta». Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones.
Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros los mortales.
Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como lo hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances, esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la cual mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta hoy, he mantenido en secreto. Un pacto que puede conducirme (lo sé), a que alguien me acuse de patriotero. Y aunque yo sea de aquellos a quienes desagrada la mezcla de la nación con el deporte, en este caso acepto todos los riesgos y las potenciales sanciones.
Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del cual no debió moverse, porque era el exacto sitio en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí. Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos.
Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta. Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumuladas en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedamos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio «te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros».
Así que están ahí los tipos. Los once nuestros y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.
Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va este tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y aunque sea les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.
Hasta ahí, eso solo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeas porque sabes que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga bueno, es suficiente, me doy por hecho, hay más. Porque el tipo además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.
Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero sí sienten un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante.
Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y que las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar los ojos al cielo. Y no sé si él lo sabe, pero hace tan bien en mirar al cielo.
Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre, en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable. Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que se supone debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria.

martes, 2 de octubre de 2007

El cuento del Día: El Mister Peregrino Fernández

La histórica cifra de 53 visitas lograda ayer confirma el notable crecimiento que está experimentando el sitio. Sin embargo, es tiempo de hacer autocrítica: no prendió en la gente la convocatoria para que manden sus cuentos y nosotros los publiquemos.
Uniendo las dos cosas, se podría pensar que el llamado no tuvo éxito porque en esa época no entraba tanta gente a la página. Por eso vamos a relanzar la campaña: invitamos a todos aquellos lectores aficionados a la escritura a mandar sus cuentos a unanoticiapordia@gmail.com. Todos los días martes vamos a estar publicando un nuevo relato, si es que empiezan a llegar...

Mientras tanto, aquí les dejo un cuento que saqué del blog Libros Gratis. Se titula "El míster Peregrino Fernández" y lo escribió un tal Osvaldo Soriano, que escribía más o menos bien. Disfrutenlo.

El míster Peregrino Fernández

A Peregrino Fernández le decíamos el Mister por­que venía de lejos y decía haber jugado y dirigido en Cali, ciudad colombiana que en aquel pueblo de la Patagonia sonaba tan misteriosa y sugerente como Estrasburgo o Estambul.
Después de que nos vio jugar un partido que per­dimos 3 a 2 o 4 a 3, no recuerdo bien, me llamó aparte en el entrenamiento y me preguntó:
—¿Cuánto le dan por gol?
—Cincuenta pesos —le dije.
—Bueno, ahora va a ganar más de doscientos —me anunció y a mí el corazón me dio un brinco porque apenas tenía diecisiete años.
—Muy agradecido —le contesté. Ya empezaba a creerme tan grande como Sanfilippo.
—Sí, pero va a tener que trabajar más —me dijo enseguida—, porque lo voy a poner de back.
—Cómo que me va a poner de back —le dije, creyendo que se trataba de una broma. Yo había jugado toda mi vida de centro-delantero.
—Usted no es muy alto pero cabecea bien —insis­tió—; el próximo partido juega de back.
—Discúlpeme, nunca jugué en la defensa —dije—. Además, así voy a perder plata.
—Usted suba en el contragolpe y con el cabezazo se va a llenar de oro. Lo que yo necesito es un hombre que se haga respetar atrás. Ese pibe que jugó ayer es un angelito.
El angelito al que se refería era Pedrazzi, que esa temporada llevaba tres expulsiones por juego brusco.
Muchos años después, Juan Carlos Lorenzo me dijo que todos los técnicos que han sobrevivido tienen buena fortuna. Peregrino Fernández no la tenía y era terco como una muía. Armó un equipo novedoso, con tres defenso­res en zona y otro —yo— que salía a romper el juego. En ese tiempo eso era revolucionario y empezamos a empatar cero a cero con los mejores y con los peores. Pedrazzi, que jugaba en la última línea, me enseñó a desequilibrar a los delanteros para poder destrozarlos mejor. "¡Tócalo!", me gritaba y yo lo tocaba y después se escuchaba el choque contra Pedrazzi y el grito de dolor. A veces nos expulsaban y yo perdía plata y arruinaba mi carrera de goleador, pero Peregrino Fernández me pro­nosticaba un futuro en River o en Boca.
Cuando subía a cabecear en los corners o en los tiros libres, me daba cuenta hasta qué punto el arco se ve diferente si uno es delantero o defensor. Aun cuando se esté esperando la pelota en el mismo lugar, el punto de vista es otro. Cuando un defensor pasa al ataque está secretamente atemorizado, piensa que ha dejado la de­fensa desequilibrada y vaya uno a saber si los relevos están bien hechos. El cabezazo del defensor es rencoroso, artero, desleal. Al menos así lo percibía yo porque no tenía alma de back y una tarde desgraciada se me ocurrió decírselo a Peregrino Fernández.
El Mister me miró con tristeza y me dijo: —Usted es joven y puede fracasar. Yo no puedo darme ese lujo porque tendría que refugiarme en la selva. Así fue. Al tiempo todos empezaron a jugar igual que nosotros y los mejores volvieron a ser los mejores. Un domingo perdimos 3 a 1 y al siguiente 2 a 0 y después seguimos perdiendo, pero el Mister decía que estábamos ganando experiencia. Yo no encontraba la pelota ni llegaba a tiempo a los cruces y a cada rato andaba por el suelo dando vueltas como un payaso, pero él decía que la culpa era de los mediocampistas que jugaban como damas de beneficencia. Así los llamaba: damas de bene­ficencia. Cuando perdimos el clásico del pueblo por 3 a 0 la gente nos quiso matar y los bomberos tuvieron que entrar a la cancha para defendernos.
Peregrino Fernández desapareció de un día para otro, pero antes de irse dejó un mensaje escrito en la pizarra con una letra torpe y mal hilvanada: "Cuando Soriano esté en un equipo donde no haya tantos tarados va a ser un crack". Más abajo, en caligrafía pequeña, repetía que Pedrazzi era un angelito sin futuro.
Yo era su criatura, su creación imaginaria, y se refugió en la selva o en la cordillera antes de admitir que se había equivocado.
No volví a tener noticias de él pero estoy seguro de que con los años, al no verme en algún club grande, debe haber pensado que mi fracaso se debió, simplemente, a que nunca volví a jugar de back. Pero lo que más le debe haber dolido fue saber que Pedrazzi llegó a jugar en el Torino y fue uno de los mejores zagueros centrales de Europa.

martes, 11 de septiembre de 2007

El Cuento del Día: 19 de diciembre de 1971

Esta semana no hubo contribución a la sección cuentos. No sé si es que los lectores del sitio andan faltos de creatividad, tienen vergüenza o quieren proteger sus obras literarias para publicarlas en el futuro. Vaya uno a saber...




La cuestión es que voy a aprovechar el espacio para recordar al genial Roberto Fontanarrosa, el Negro. Fallecido el 19 de julio de este año --dicho sea de paso, me sumo a la propuesta de que sea ese el día elegido para festejar el día del amigo--, Fontanarrosa dejó un invaluable legado en forma de cuentos, novelas, historietas y similares. Por suerte, soy uno de los que leía su material mientras vivía, pero celebro el hecho de que mucha gente comenzó y comenzará a disfrutar del Negro ahora que ya no está.


El cuento que elegí se llama "19 de diciembre de 1971" y está incluido en Nada del otro mundo y otros cuentos. Leanlo, disfrutenlo y luego traten de pensar qué pasaría en Rosario si Newell´s y Central tienen que jugar un desempate para ver quién se salva del descenso en junio del 2008...


19 de diciembre de 1971


Sí yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que hicimos con el viejo Casale, yo sé. Nunca falta gente así. Pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Pero habla que estar esos días en Rosario para entender el fato, mi viejo, que hablar al pedo ahora habla cualquiera.Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos días anteriores al partido. ¡Y qué te digo “esos días”! ¡Desde semanas antes ya se venía hablando, del partido y la ciudad era una caldera, porque eso era lo que era la ciudad! Claro, los que ahora hablan son esos turros que después vos los veías por la calle gritando y saltando como unos desgraciados, festejando en pedo a los gritos y después ahora te salen con que son... ¿qué son?... moralistas... ¿De qué se la tiran, hijos de mil putas? Ahora son todos piolas, es muy fácil hablar. Pero si vos vieras lo que era la ciudad en esos días, hennano, prendías un fósforo y volaba todo a la mierda. No se hablaba de otra cosa en los boliches, en la calle, en cualquier parte. Saltaban chispas, te aseguro. Y la cosa arrancó con el fato de las cábalas. O mejor dicho, de los maleficios.


—Hay que entender que no era un partido cualquiera, hermano, era una final final. Porque si bien era una semifinal, el que ganaba después venía a jugar a Rosario y le rompía el culo a cualquiera. Fuera Central como Ñul, acá le hacía la fiesta a cualquiera. ¡Y cómo estaban los lepra! ¡Eso, eso tendrían que acordarse ahora los que hablan al reverendo pedo y nos vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale! ¿No se acuerdan esos turros cómo estaban los lepra? ¿No se acuerdan ahora, mi viejo? Había que aguantarlos porque se corrían una fija, pero una fija se corrían, hermano, que hasta creo que se pensaban que nos iban a llenar la canasta. No que sólo nos iban a hacer la colita sino que además nos iban a meter cinco, en el Monumental y para latelevisión. ¡Pero por qué no se van a la concha de su madre! ¡Qué mierda nos van a hacer cinco esos culosroto! ¡Así se la comieron doblada! ¡Qué pija que tienen desde ese día y no se la pueden sacar!Pero la verdad, la verdad, hermano, con una mano en el corazón, que tenían un equipazo, pero un equipazo, de padre y señor mío.


Hay que reconocerlo. Porque jugaban que daba gusto, el buen toque y te abrochaban bien abrochado. Estaba Zanabria, el Marito Zanabria; el Mono Obberti ¡Dios querido, el Mono Obberti, qué jugador! Silva el que era de Lanús, el albañil. ¡Montes! Montes de cinco; Santamaría el Cucurucho Santamaría, qué sé yo, era un equipazo, un equipazo hay que reconocer, y la lepra se corría una fija. ¿Sabés cuántos había en la ruta a Buenos Aires, el día del partido? Yo no sé, eran miles, millones, yo no sé de dónde habían salido tantos leprosos. Si son cuatro locos y de golpe, para ese partido, aparecieron como hormigas los desgraciados. Todos fueron. ¡Lo que era esa ruta, papito querido! Entonces, oíme, había que recurrir a cualquier cosa. Hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar. No hay tutía. Entonces si a mí me decían que tenía que matar a mi vieja, que había que hacer cagar al presidente Kennedy, me daba lo mismo, hermano. Hay partidos que no se pueden perder. ¿Y qué? ¿Te vas a dejar basurear por estos soretes para que te refrieguen después la bandera por la jeta toda la vida? No, mi viejo. Entonces, ahí, hay que recurrir a cualquier cosa. Es como cuando tenés un pariente enfermo ¿viste? tu vieja, por ejemplo, que por ahí sos capaz hasta de ir a la iglesia ¿viste? Y te digo, yo esa vez no fui a la iglesia, no fui a la iglesia porque te juro que no se me ocurrió, mirá vos, que si no... te aseguro que me confesaba y todo si servía para algo. Pero con los muchachos enganchamos con la cuestión de las brujerías, de la ruda macho, de enterrar un sapo detrás del arco de Fenoy, de tirar sal en la puerta de los jugadores de Ñubel y de todas esas cosas que siempre se habla. Por supuesto que todas las brujas del barrio ya estaban laburando en la cosa y había muñecos con camiseta de Ñubel clavados con alfileres, maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja que no manya mucho del asunto tenía un pañuelo atado desde hacía como diez días, de ésos de “Pilato, Pilato, si no gana Central en River no te desato”. Después la vieja decía que habíamos ganado por ella, pobre vieja, si hubiera sabido lo del viejo Casale, pero yo le decía que sí para no desilusionarla a la vieja.


Pero todo el fato de la ruda macho y el sapo de atrás del arco eran, qué sé yo, cosas muy generales, ya había tipos que lo estaban haciendo y además, el partido era en el Monumental y no te vas a meter en la pista olímpica a enterrar un sapo porque vas en cana con treinta cadenas y no te saca ni Dios después, hermano. Entonces, me acuerdo que empezamos con la cosa de las cábalas personales. Porque me acuerdo que estábamos en el boliche de Pedro y veníamos hablando de eso. Entonces, por ejemplo, resolvimos que a Buenos Aires íbamos a ir en el auto del Dani porque era el auto con el que habíamos ido una vez a La Plata en un partido contra Estudiantes y que habíamos ganado dos a cero. Yo iba a llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos y no me había fallado nunca el gorrito. A ése lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ése.El Coqui iba a ir con el reloj cambiando de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo porque íbamos perdiendo y con eso empatamos.o sea, todo el mundo repasó todas las cábalas posibles como para ir bien de bien y no dejar ningún detalle suelto. te digo más, estuvimos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra el boludo de michi decía que él había estado detrás del Valija y el Miguelito porfiaba que el que había estado detrás del Valija era él. Mirá vos, hasta eso estudiamos antes del partido, para que veas cómo venía la mano en esos días. ¿Y sabés qué te lleva a eso, hermano, sabés qué te lleva a eso? El cagazo, hermano, el cagazo, el cagazo te lleva a hacer cualquier cosa, como lo que hicimos con el viejo Casale. (continuar leyendo)


Cuento anterior: El extraño placer de Juan

martes, 4 de septiembre de 2007

El Cuento del Día: El extraño placer de Juan



Antonio Mohamed renunció a la dirección técnica de Huracán, Juan Ignacio Chela avanzó a los cuartos de final del Abierto de los Estados Unidos y comenzó la Copa Argentina de básquet, entre otras muchas cosas que pasaron en estas últimas 24 horas. Sin embargo el martes es día de cuentos en Una Noticia por Día, y en esta ocasión se trata de uno muy especial (recuerden que pueden mandar lo que escriban a unanoticiapordia@gmail.com y que todos los martes vamos a publicar un cuento).

Gustavo Yarroch es un periodista deportivo que trabaja en la agencia de noticias DyN y en los diarios Clarín y La Capital de Rosario, pero por sobre todas las cosas es un amigo de la casa. Desde su libro de cuentos titulado Jueguen por abajo, este es el relato que más me gusta, espero que lo disfruten. Con ustedes, "El extraño placer de Juan".

Juan Villanueva tenía un placer cuanto menos particular: cada vez que iba a la cancha, le gustaba quedarse dormido en la platea. Por lo general, llegaba en el entretiempo de la Reserva, iba hacia su butaca y enseguida se dormía como una marmota hasta que terminaba el partido principal. Nosotros, los hinchas que nos sentábamos a su alrededor, nunca logramos comprender su costumbre. Introvertido y poco amigable, Juan era una persona cuya antipatía tenía el don, o la desgracia, de espantar a la gente. De modo que nunca nadie se atrevió a preguntarle los motivos de su inefable rutina ni mucho menos a intentar despertarlo.

Lo cierto es que Juan se dormía desde el segundo tiempo de la Reserva hasta que la gente comenzaba a irse de la cancha, casi dos horas y media después. Justo cuando nosotros empezábamos a poner todos los sentidos al servicio del equipo, él optaba por cerrar los ojos y descansar.

Ciego part time por elección, solamente interrumpía su descanso cada vez que Vencedores Football Club hacía un gol. Ahí sí, alguna extraña fuerza lo llevaba a saltar cual resorte y el tipo los gritaba como loco. Una vez que se desahogaba, volvía a sentarse y a cerrar los ojos plácidamente. Bicho raro, ni siquiera preguntaba quién lo había hecho. Se limitaba a celebrarlos y después se entregaba a su relajado ritual.

Juan se dormía tan profundamente que parecía estar acostado en una hamaca paraguaya y no sentado en una incómoda butaca de madera y rodeado de fanáticos que se la pasaban puteando y gritando. Ajeno a ese contorno bullicioso y por lo general irascible, hacía siempre la suya. Muchas de sus actitudes eran menos asombrosas que incomprensibles, por no decir ridículas. Los días que llovía, el tipo seguía ahí, inmutable, mojándose como un penitente mientras todos intentaban guarecerse en el techito insuficiente de la platea.

Un día, el fotógrafo del diario del pueblo le sacó una toma espectacular que al día siguiente ilustró una nota de color de un clásico contra Ñandúes: Juan estaba sentado detrás de una cortina de agua, con los brazos cruzados y la cabeza y el cuerpo levemente inclinados hacia adelante. En días como esos, no sabíamos si tomarlo como un freak querible o putearlo por boludo. El tema era que con el tiempo nos fuimos acostumbrando, al punto que sus actitudes dejaron de causarnos asombro.

Juan era un cuarentón desprolijo y de abdomen prominente, un hombre completamente desinteresado por las cuestiones estéticas. Casi siempre tenía una barba canosa de cinco o seis días y llevaba la camisa fuera del pantalón. El pelo, grasoso como su piel, se le caía de a poco, una agonía capilar lenta pero segura.

Un año. Un año exacto nos llevó a comprender que, a falta de placeres convencionales, este fulano disfrutaba del ritual de dormirse en la cancha tanto como el casado en una noche de solteros. ¿Pero por qué, por qué? "Porque el mundo está lleno de outsiders. No le busqués otra explicación", me decía Carlitos Picone, uno de los habitués del sector, en una simplificación sociológica no exenta de sentido común.

Pero hay algo que Carlitos nunca pudo explicarme: por qué Juan saltaba de su asiento cada vez que había un gol nuestro y seguía durmiendo de manera imperturbable cuando convertían los rivales. "Será para evitar comerse el garrón de ver festejar a los otros", pensaba en voz alta Carlitos, aunque su argumento nunca me convenció porque Juan dormía durante todo el desarrollo de los partidos.

"A este tipo el fútbol no le gusta. Viene acá porque no tiene nada que hacer en la casa", aseguraba César Salgado, otro de los chicos de nuestra barra, con un tono que denotaba cierta antipatía hacia Juan.

César estaba equivocado. En la cena del centenario del club, me tocó compartir mesa con Juan. Cuando lo vi sentado ahí, justo al lado del lugar que indicaba mi tarjeta, no lo pude creer. Me acomodé a su derecha, convencido de que no cruzaríamos palabra alguna: tal vez durmiera durante toda la fiesta. Error. Hablamos largo y tendido sobre la suerte del equipo en el campeonato. Me comentó que le encanta cómo juegan los dos marcadores centrales, el enganche y el centrodelantero. Le dije que en líneas generales coincidía, pero eso era lo que menos me importaba: en el fondo, me moría por saber cómo hacía para opinar con tanta propiedad sin ver los partidos. También hizo referencia a cómo el número ocho desaprovecha todos los tiros libres, y a la tendencia del equipo a quedar desprotegido después de las pelotas paradas a favor.

Después de ese torrente en el que combinó información objetiva con opinión, la incertidumbre me desbordó. ¿Pero saben qué, muchachos? Cuando le iba a preguntar porque hacía lo que hacía, el tipo se me durmió. Se me durmió.

Cuento anterior: Rey con corazón

miércoles, 29 de agosto de 2007

El Cuento del Día: Rey con corazón

Lo prometido es deuda, y las deudas hay que pagarlas. En este caso es una deuda que me pone muy feliz poder pagar. Tal como anunciamos la semana pasada, Una Noticia por Día abre su sección literaria. Se trata de cuentos enviados por los lectores a unanoticiapordia@gmail.com, que serán publicados todos los martes.

El primer valiente es Leo, y acá les dejo "Rey con corazón" para que lo disfruten. Acordate, el próximo martes puede ser TU cuento el que se publique acá.

Rey con corazón

En un reino, habitaba un rey muy poco común, ya que no se comportaba como tal, sino que se sentía parte del reino. Sin embargo, era una persona honesta que quería lo mejor para los demás, una persona que en vez de atender las necesidades del reino, prefería hacer deportes con los peones o charlar con las doncellas. Este era un rey de muy buen corazón, ya que desde que asumió como tal, al morir su padre y dejarle su reinado como herencia, no aumentó los impuestos, y les dio casa y comida a los que no las tenían.A pesar de ser amado, el pueblo no estaba contento con él. Los pueblos vecinos gozaban de mayores cosechas y riquezas, ya que sus respectivos reyes se aprovechaban de la buena voluntad de su rey, pidiéndoles préstamos que nunca reclamaba.El pueblo ya no soportaba más esta situación, de que su propio rey esté siendo abusado por los demás reyes, entonces decidieron organizar una reunión secreta a costas del rey para debatir una solución para que su reino goce de mayores riquezas que los demás.

Esta reunión se llevaría a cabo a la noche siguiente, justo después de que el rey tenga su junta mensual con los reyes de los pueblos vecinos.

La junta de los reyes fue un desastre para el pueblo, como era de esperarse, los demás reyes se aprovecharon de él, pidiéndole préstamos, con la excusa de que sus reinos habían sido devastados por las lluvias, inundaciones y terremotos.

Al terminar la junta entre los reyes, el pueblo se reunió en la iglesia. A esta reunión acudió un representante de cada familia del reino, con eso quedó conformado todo el reino y también asistió una persona a la cual no se le veía la cara, ya que estaba totalmente encapuchada. Esta misteriosa persona entró al final de todos y se sentó en el rincón más alejado de la iglesia, dispuesto a escuchar todo lo que se iba a decir sin opinar. También asistieron los mismos ayudantes del rey, una vez que este último ya estuviese dormido: “¿Qué debemos hacer?”, preguntó el herrero. “Debemos de hacer algo pronto, o siempre seremos más pobres que los demás”, se le escuchó decir al panadero. “¡Debemos de cambiar la personalidad del rey haciéndolo mas duro con los demás!, dijo el asistente personal del rey. Y al pronunciarse esas palabras, se produjo un murmullo general en todos los presentes. Muchos exclamaron “¡SI!”, otros pocos estaban indiferentes, pero sólo unas 10 personas, las más pobres del reino estuvieron en contra. Durante las siguientes 2 horas se debatió en torno a si se debía actuar para cambiar la personalidad de su rey, arriesgándose a perder todo lo que tenían.
Finalmente se decidió que se iba a hablar con el rey sobre esta situación, y se iba a cambiar su actitud frente a todos para que se comporte más como un rey y menos como una persona del reino. Los pobres del reino se pusieron muy tristes con esa situación.
Al pedir la palabra uno de ellos, este se paró y pronunció: “Amigos míos, como ustedes saben yo tengo que trabajar para darle apenas de comer a mi familia, gracias al rey ahora tenemos un techo sobre nuestras cabezas para soportar los fuertes vientos y las pesadas lluvias. Ustedes también han tenido privilegios. El rey no ha aumentado nunca los impuestos, y los ha ayudado en todo lo que podía, al igual que ha compartido charlas con cada uno de ustedes, y principalmente ustedes al igual que yo, hemos vivido felices todo este tiempo. Qué importa los otros reinos, qué importa que tengan más riquezas si su rey es perverso y malvado y los habitantes tienen que pagar impuestos por todo. ¿Vale la pena condenarnos así por un capricho sin sentido que es tener más riqueza que los demás?
¿En verdad están dispuestos a sacrificar a una persona bondadosa y con un buen corazón como lo es este rey que tenemos, por uno frío y sin sentimientos? Si me preguntan a mí, yo digo que ¡no, no lo estoy!”, luego de pronunciar estas palabras, el pobre volvió a su rincón, en el fondo de la iglesia.Hubo muchas lágrimas en la mayoría de los presentes, y todos exclamaron que no iban a cambiar a su rey, que no vale la pena superar a los demás, sacrificando una buena vida sin preocupaciones. Todo el pueblo quedó conmovido por las palabras del pobre.De repente, el encapuchado que estaba sentado en el rincón más alejado de la iglesia, se levantó y pronunció con tono de exclamación y respeto: “Pueblo mío, estoy muy orgulloso de ustedes. Finalmente, después de tanto tiempo, se han juntado para solucionar las cosas entre ustedes, como un pueblo unido, sin la necesidad de su rey”. Al decir esto, esta persona se saca la capucha y devela que en realidad es su rey. Pero había algo raro en él, su postura era digna de un rey, sus movimientos eran seguros y su tono era demandante, digno de un rey. “Ese fue mi mayor objetivo desde que asumí como su líder, mi objetivo era que no dependan de mi y que resuelvan los problemas como pueblo.
Durante este tiempo fingí, con ayuda de los demás reyes, que ellos se aprovecharan de mí, para sólo así poder ver qué es lo que ustedes harían.Pero había una decisión que tomar, sacrificar a un rey con un buen corazón, para tener a un rey del cual no se aprovecharan. Sacrificar una vida de tranquilidad y goce, para reemplazarla por una vida de supuestas riquezas.
Debo confesar que al decidir ustedes sacrificar todo por arriesgarse a más, me sentí realmente decepcionado. Pero al escuchar las palabras del pobre, las verdaderas almas del reino, entraron en razón y decidieron seguir viviendo felices, tal como lo venían siendo hasta ahora. Realmente estoy orgulloso de la decisión que tomaron, y les quiero comunicar que las riquezas a los demás reinos, nunca fueron entregadas, así ustedes pudieron vivir tranquilos durante tanto tiempo.” Al finalizar, el rey saludó y se retiró a su castillo, y los habitantes del pueblo nunca más volvieron a poner en riesgo su felicidad sólo por tener celos de los demás.